El Imitador

      Seguramente es cierto aquello de que los hombres nacen regidos por algunos sinos fatales; es como nacer dentro de un omnibus, con salida, viaje y destino prefijado.
      De tal razonamiento deducimos que hay paisajes que no veremos nunca, lugares que no imaginaremos, amores que desconoceremos; ¿acaso quepa la posibilidad de bajarse y tomar otro bondi?
      Arpino, vaya nombre, fue hombre de una sola línea: La Imitación.
      Nació por los sesenta, los sesenta intentos de parirlo, hecho que tuvo a su madre como ocho días con trabajo de parto; adscribiendo la señora a la tesis que descree de la compensación de los esfuerzos.
      Todavía es leyenda familiar que Arpino tardó varios minutos en dar sus primeros berridos. La explicación está en la falta de datos. No escuchaba sonidos imitables, hasta que un gato maulló a tiempo, dando la información que Arpino necesitaba.
     Cuenta la leyenda, también, que le pusieron Arpino pues ese era el nombre del gato que se hallaba debajo de la cama donde fue parido (Arpino el hombre, no el gato). La madre fue la de la idea pues consideraba a los felinos como muy inteligentes; después, y con el tiempo, se sintió una desgraciada.
      Lo de imitador fue una condición genético-lineal; lo de lineal es por la teoría de los colectivos que precede.
      De familia de imitadores en desgracia Arpino guardaba un singular recuerdo de su abuelo, hasta que un ataque de amnesia lo dejó sin abuelo.
      El abuelo en cuestión, apodado Rogelio, de nombre Nepomuceno, era aficionado a la caza.
      Un día de cacería de patos se internó, junto a unos compañeros de aventuras, en un arrozal, y se distribuyeron en el terreno. Cada uno se camufló como pudo; Nepomuceno no pudo y optó por esconderse. Los patos no pasaban ni cerca, por lo tanto Rogelio, que es Nepomuceno, sintiéndose y siendo un gran imitador, imitó el graznido del crestón, pato éste de apreciable tamaño.
      Su imitación fue ganando en tonos y subtonos, en colores y matices; podría decirse que fue una gran imitación, brillante, sencillamente perfecta.
      El resultado fue que la cacería se suspendió pues sus compañeros engañados por tales graznidos, le atinaron toda la carga de sus escopetas a las matas de donde provenían los sonidos pateriles, matando al abuelo de Arpino.
      Arpino recibió la noticia de la muerte de su abuelo y lloró, imitando a la protagonista de una telenovela mejicana.
      Era difícil saber cuando interpretaba y cuando no. Había pasado su niñez en los años de una de las tantas dictaduras, mechadas por algunas democracias. Arpino funcionaba en un ida y vuelta en todas sus actitudes, logrando la merecida reputación de indeciso, mote que se ganó después de esmerarse al decir, y decirse,: Yo Argentino.
      Tal vez quiso decir: Yo Arpino; pero su mala dicción era acompañada por una dislalia rebelde y mal curada, que cada tanto le asaltaba la boca; esto también le habría costado algunas piezas dentales.
      La liga de imitadores sostiene que de sus asociados, que eran muchos, los que más se destacaban eran tres. El primero era uno que imitaba a las rocas, el segundo era un imitador de perros que terminó sus días en la perrera municipal, confundido por el amor de una cocker americana de acaramelados ojos; y el tercero era un imitador de moscas, de costumbres desagradables y malolientes.
      De Arpino no existen registros en la liga de imitadores.
      Sus discípulos sostienen que cada imitación le llevaba de dos días a cinco años de preparación; entre éstas últimas se cuenta la celebrada imitación de un anarquista violento.
      Empezó con la preparación de tal personaje a fines del 71, concluyéndola a mediados del 76.
      Fue una imitación sublime.
      Le valió la cárcel, ya que la imitación llegó al tiempo de la peor represión militar por estas tierras.
      Según los estudiosos, y algún discípulo, Arpino pudo salvar la vida gracias a la imitación de un alcahuete, que le salía aceptablemente, y a la posterior imitación de un colaboracionista.
      Hay quien recuerda haberlo visto practicando otro personaje: un político, que al decir de él mismo, iba a ser su mejor trabajo; pero no hay que olvidar que él decía poco por sí mismo.