El Cuco

   Había un personaje que asolaba, despiadadamente, las siestas de los niños en mi infancia; transformando las siestas en un parvulario desierto. Era el famoso y trístemente célebre Cuco.
   Decir que no se le tenía miedo es, cuando menos, faltar a la verdad.
   Los más valientes, ante su sólo nombre, se hacían encima, eso si, sin moverse, ni gesticular.
   El Cuco, la Solapa, o como se la llamare, tenía por todo propósito, en su existencia, controlar la salida de los niños a la siesta; y hacía un extra cuidando los lugares adonde los pequeños no debían ir, por ejemplo: El living recién encerado.
   Yo fui uno de esos que fue sorprendido, merecidamente, huyendo de el Cuco, en el momento en el que intentaba ganarme en una higuera del vecino, a la siesta.
   Como fui testigo puedo asegurar que el Cuco tenía la forma, el color y el tamaño que cada uno se animara a darle. El mío era como una bolsa oscura de maldad; y es lo único que vi, porque mi escapada no me dio tiempo a ver otra cosa.
   Días pasados estando yo con dos sobrinos, Federico y Gabriel, de cuatro y dos años respectivamente, me encontré en la situación de tener que cuidarlos.
   Sucedió entonces que les advertí que no salieran, bajo ningún pretexto, al patio, porque andaba el Cuco; confieso que le imprimí un tono urgente a mi voz.
   Gabriel, el de dos añitos, se tiraba al piso de la risa, mientras me insultaba, chupete al costado, en su media lengua, mientras que Federico, el más grande le decía:
- No te rías del tío, no ves que anda medio boludo por la suba del riesgo país.